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LA HUELLA DE LA HEPATITIS por Idoia Santamaría

Podremos ser únicos e irrepetibles, pero una gran mayoría de las circunstancias vividas… dependiendo de la permeabilidad del punto, del grosor de la gota, pero sobre todo de la persistencia, así de profunda marca dejará su huella. Pinceladas de cómo puede afectar esta enfermedad crónica a la familia de un afectado por el contagio de la hepatitis C.

Cuando se hace camino con la enfermedad.

Me gusta mirar atrás… siempre me ha gustado… mis amigos dicen que me anclo demasiado en el pasado y que no es bueno… puede que tengan razón, pero no puedo evitarlo.

Nací bien acompañada, con un buen puñado de deseos e ilusiones bajo el brazo, no había lugar mejor en el mundo que el que me rodeaba, el que mis padres, mis abuelos y el resto de generaciones anteriores habían construido para mí. Era tan feliz que hasta la luna debía notarlo. A veces, cuando pienso en mi vida, sólo me quedo con eso, otras veces debo añadir que un día todo se llenó de una extraña niebla, un día algo cambió… Cuando eres pequeño no das nombres, ni motivos, ni buscas culpables… sólo sabes que algo es distinto… ¡no mires atrás! me dicen… ¿Pero como no hacerlo sí es lo que me recuerda quien soy?

Todo empezó cuando tenía ocho años y pasaba las vacaciones en Burgos. Aun recuerdo a mi primo decirle a mi padre: “¿Tío no estás amarillo?” estábamos en la cocina de mi tía, dónde  siempre todo olía bien y se respiraba calma, complicidad y cariño, donde me sentaba en las banquetas azules a oír las conversaciones de los mayores y a recibir mimos. Aquel día la cocina era oscura. Sí, estaba amarillo. Me pasé días abrazada a la baranda del balcón de la cocina de mi tía esperando a mis padres… mi padre no volvía. Yo sólo pude verle una vez, estaba en una cama de hospital con tubos reteniéndole en el cuerpo…Mi madre, estaba tan blanca y ojeriza cómo él, acurrucada en un butacón al lado de la ventana. Olía a llanto. Durante esos días que más bien parecían años, mi tía y mis primos eran  luz, con toda la comprensión del mundo, me calmaban. Un día, por fin, pude ir hasta el ascensor y abrazar a mi padre… Todo había pasado o, mejor dicho, iba a pasar.

Cuando volvimos a Barcelona empecé a difuminarme entre hospitales, la casa de mi abuela y la habitación de mis padres, me quedé esperando meses y meses, observando, oliendo, escuchando, esperando entender, como fuera, lo que estaba pasando, esperando que mi padre volviera a leer conmigo, a jugar conmigo, a reír conmigo, esperando que mi madre volviera a reír y a cantar… Siempre recibía sonrisas y carantoñas, palabras de cariño y abrazos, pero, no eran los de antes. Unas palabras retumbaban en el aire: “Los médicos dicen que es grave…” hace más de veinte años los médicos  dijeron que mi padre iba a morir en breve. Yo no sabía nada, no entendía nada, pero lo notaba todo.

Que llegue un miembro nuevo a la familia es motivo de alegría y esperanza… Cuando mi hermana decidió nacer yo solo respiraba miedo, sentía el miedo… entre las paredes brotaban preguntas, dudas, pavor… ¿Vas a tener a la niña? ¿Y si no sale bien? ¿Y si Pedro se nos va? ¿Qué vamos a hacer ahora? Ahora tiene veinte años gracias al coraje de los que le dieron la vida. Y gracias a ella yo tengo una hermana con la que comparto mucho más que lo que la sangre da.

Afortunadamente mis padres, mis abuelos, mi familia, decidieron caminar, decidieron hacerlo como cuando cada año volvemos al pueblo para caminar entre el trigo, para  recordar de dónde venimos: de la tierra, de la familia, de la lucha y la convicción. Cambiamos los bastos campos para caminar entre médicos, inyecciones, fiebre, dolor y miedo…Pero caminamos, caminamos hacia la esperanza de seguir luchando, de seguir viviendo.

Es verdad que los familiares sufren y mucho, pero como el enfermo creo que nadie lo hace. No puedo llegar a saber cómo debe sentirse mi padre, levantándose cada día a la espera de lo que pueda pasar. No sé si yo lo podría soportar, no sé si yo podría haber aguantado tres tratamientos, haber perdido el trabajo, reponerme ante el rechazo de gente que no sabe lo que es ser normal… Yo lo he compartido con mi padre, no lo he vivido, pero sigo queriendo compartir con él eso, y todo lo demás. Por esa razón yo cada día me  levanto sabiendo que tengo que caminar.

A veces me pregunto si aun tengo motivos para sentirme tan triste y asustada como cuando tenía ocho años. O si sólo por compartir con mi padre una milésima parte del peso puedo decir ¡No es justo! Otras veces me pregunto si tengo derecho a oler el trigo recién cortado y sentirme plena y feliz, cuando mi padre está llenándose el cuerpo de productos químicos para poderse curar. Creo que lo único de lo que no dudo es de la fuerza y la entereza de mi familia.

Sí, convivo con mi marido, mis padres, mi hermana, mis abuelos, mis tíos… y la Hepatitis C, Sí, convivimos con ella porque no tenemos más remedio. Pero, a pesar de todo, a pesar del dolor, del miedo, de la inseguridad…si me lo permiten, necesito quedarme con lo bueno, creo que, aunque casi nos roba a mi padre, casi nos roba a mi hermana, casi nos roba la vida… hay ilusión a parte de la enfermedad: Hay vida, fuerza, cariño, comprensión, apoyo, generosidad…

Nosotros aquí seguimos, y en definitiva, yo me siento agradecida con la vida y con la gente que nos quiere y apoya, y sobretodo me siento agradecida  y orgullosa porque tengo unos padres valientes, luchadores y serenos que me hacen decirle a la luna, que a pesar de todo, sigo siendo la niña feliz que miraba las estrellas, con esperanza, entre los campos de trigo.

Idoia Santamaría.

Debats

One thought on “LA HUELLA DE LA HEPATITIS por Idoia Santamaría

  1. Casi me he sentido parte de tu familia. Hermoso, gracias.

    Posted by Pedro | Juliol 1, 2011, 9:46 am

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